Poema de Gabriela Mistral (1889-1957)
El cafetal de Yauco culebrea por las colinas
con listón o mancha, siempre velado,
y siempre delicado en la penumbra
y vivaz de su fuego guardado.
La tierra se llama Yauco,
así, con nombre diptongal, para que se oiga bien,
y al forastero que pasa le apuntan este nombre
a fin de que no olvide que éste es el café arcángel
entre los cafés ángeles del mundo,
el trozo clásico del producto prócer.
El espíritu del café circula por los poros
de esa tierra de migajón fácil, y es cosa más noble todavía
que el espíritu del vino de la viña de Virgilio,
que necesita, al cabo, malicia de hombre para volverse pasión.
Yo he dormido en esa tierra vehemente de Yauco,
y como el cabrito de la leyenda árabe, las venas del perfume del café,
su alma circulante debajo de mi casa, me daba un sueño rico,
hasta un poco alucinante, y todavía me siento la sien cargada
de esa pasión que chupé y guardé en tres noches de una almohada tan fuerte.
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